Me dan ganas de autogolpearme cuando me pongo sensible de la nada.
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Uno no sabe cuanto extraña a una persona hasta que quieres contarle las buenas noticias y recuerdas que no está.
Contraste en la Iglesia
Abril.
Sentadas en los dos primeros escalones que llevaban al altar, creíamos que podíamos dibujar la perspectiva.
Pinceleando débiles bocetos del órgano y la roseta que nos alumbraba cálidamente, nos reíamos de todo y del frío que transmitía el piso puritano bajo nuestra charla dispersa.
-Boluda, conozco un truco para que las tetas se te vean más grandes.
-¿De verdad? Sos un descanso. A ver.
De espaldas al todopoderoso, estábamos ahí.
Lápices y gomas en el piso, nuestras risas hacían eco. La inmensidad de la espiritualidad no nos dio miedo porque la complicidad que pregonábamos era muchísimo más grande.
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Noviembre.
Baje del altar con los pies estoicos y automáticos.
Una mujer en el asiento más cercano a Dios, con una guitarra.
Yo temblaba tanto, que el polvo de las estatuas se movía, contrastandose con la luz que reflejaban las vitrinas que dibujaban figuras vírgenes.
Los trapos sólidos y las luces sostenían finalmente un juego de coerción sobre mi. Su melodía armoniosa se mezclaba con mis sollozos mientras me intentaba esconder entre las columnas de mármol. Parecía de película.
Nunca se dio la vuelta. Estaba sola.
Mi pera goteaba. El miedo en la sangre.
Postales de cuando las curvas goticas de la Iglesia me crucificaban personificándote a vos.

